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«Al cura se le olvida que fue sacristán»

Mar 9, 2025

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Vivimos en una era dominada por la vanidad, donde la imagen se ha convertido en el principal vehículo de reconocimiento social.

Las plataformas digitales y algunos medios de comunicación han cimentado un mundo en el que la apariencia prima sobre la esencia, y la percepción del éxito se mide en likes, seguidores, así como por adulaciones y efímeros titulares.

En este escenario, resulta común ver cómo aquellos que alguna vez fueron dóciles y discretos, hoy ocupan sitiales de honor, olvidando los peldaños que tuvieron que subir para llegar a la peligrosa cúspide de las mieles empalagosos.

La historia y la experiencia nos han enseñado que, para ser general, primero se debe haber sido soldado raso; no obstante, en la vorágine del reconocimiento y la ostentación, muchos pierden la perspectiva de sus orígenes y la humildad que los caracterizó en sus primeros pasos es reemplazada por una soberbia alimentada por los aplausos temporales y los halagos falsos de quienes le siguen en busca de dádivas y tajadas.   

La memoria selectiva borra las dificultades iniciales, y en su lugar, construye relatos donde la grandeza parece haber estado predestinada, ignorando el esfuerzo, las caídas y los aprendizajes que realmente forjaron su camino.

Este fenómeno no es exclusivo de una esfera en particular, por cuanto lo vemos en la política, donde líderes que alguna vez fueron activistas de base terminan desconectados de la realidad de sus electores; en el ámbito corporativo, donde empresarios que comenzaron desde abajo desestiman las luchas de sus empleados; e incluso en el ámbito académico, donde intelectuales que un día fueron estudiantes con dudas ahora desprecian el conocimiento emergente.

Las investiduras y los cargos, por más prestigiosos que sean, son momentáneos y fugaces, como estrellas que brillan intensamente, pero terminan apagándose. La verdadera grandeza radica en mantener la conciencia de los propios orígenes, en recordar que antes de ser maestro se fue aprendiz, y en reconocer que la jactancia es la antítesis del crecimiento, porque, al final, la historia no recuerda con honor a quienes se perdieron en la altivez, sino a aquellos que, pese a su ascenso, nunca olvidaron dónde comenzaron.

Tristemente, en el ámbito artístico la historia no es distinta. Cuántos no lloraron por una oportunidad, tocaron puertas sin descanso y se aferraron a la guía de sus mentores, aquellos que, con generosidad, les enseñaron el oficio, les abrieron escenarios y los ayudaron a forjar su identidad artística y cuando alcanzaron el reconocimiento, salieron dando portazos y en actitud beligerante, se olvidaron rápidamente de su origen primario.

La reverencia de antaño se convierte en altanería, la gratitud en indiferencia, y la mano que un día se extendió para levantarlos ahora es respondida con un frío y despectivo: «Háblate con mi manager».

Todo parece indicar que el brillo de los reflectores enceguece más de lo que ilumina y muchos artistas olvidan que, antes de los aplausos y las giras, fueron soñadores angustiados, luchando por un espacio en la industria, sin embargo, el ego y la fama que, como las investiduras, son momentáneos y caducan, les hacen creer que llegaron solos, desconociendo a quienes fueron el cimiento de su crecimiento.

La tradición ha demostrado que la insolencia tiene una fecha de caducidad porque los éxitos de hoy pueden ser olvidados mañana, y cuando la fama se apague, cuando las cámaras enfoquen a nuevas promesas, solo quedará la memoria de cómo se trató a los tutores en el camino. 

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«Al cura se le olvida que fue sacristán»

Mar 9, 2025

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