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El Papa Francisco no se quiere ir todavía
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Al parecer, hay un pacto sagrado entre el Papa Francisco y la Misericordia Celestial, un lazo invisible y poderoso que lo mantiene arraigado a la tierra, como si su misión aún no estuviera completa.
Más allá de los pronósticos y de las fragilidades que impone el tiempo, el Santo Padre sigue su camino con la humildad y la fortaleza que lo han caracterizado siempre, aferrándose a la ilusión y al deber de seguir guiando a su pueblo.
Los últimos días han estado marcados por el desafío de la enfermedad, por pruebas que pondrían a cualquiera en un estado de vulnerabilidad extrema, no obstante, Francisco, con su inquebrantable espíritu de servicio, continúa su tratamiento con la misma entereza con la que ha enfrentado cada obstáculo en su vida.
Luego de haber sido sometido a ventilación mecánica no invasiva, el Papa ha mostrado señales de mejoría y ahora sigue un régimen de fisioterapia motora activa y oxigenación de alto flujo con cánulas nasales, pero su fe sigue siendo su gran sostén, el faro que ilumina su sendero y el escudo con el que enfrenta cada batalla.
En este escenario, la luz de su recuperación se filtra como un rayo de esperanza, colándose entre las rendijas de la incertidumbre, iluminando el sueño de tenerlo un poco más entre nosotros.
En un mundo convulso, donde las tormentas de la desesperanza arrecian y los valores parecen desdibujarse, su presencia sigue siendo un aliento de compasión, sabiduría y consuelo y la humanidad, hambrienta de guía y de amor verdadero, se aferra a su existencia, porque en su corazón solo ha habido espacio para la comprensión, la misericordia y la reconciliación.
Francisco no es un pontífice distante ni ajeno a la realidad de su pueblo, es un Papa que se ha despojado de todo artificio para caminar al lado de los que sufren, de los que buscan respuestas, de los que claman justicia. Su recado siempre ha sido claro, “volver a lo esencial, a la sencillez, a la pureza del alma” y con sus ejemplarizantes acciones, nos invita a un cambio real y profundo, a dejar atrás las máscaras, las apariencias, la envidia, los resentimientos, el odio y el rencor.
Francisco nos recuerda todos los días con la ternura de un padre y la sabiduría de un maestro, que somos una raza imperfecta, necesitada de la acción Divina y del amor como única fuerza capaz de transformar el mundo y quizás por eso, la misericordia celestial aún no le ha dado la señal de partir, quizás, en este tiempo de sombras y desasosiego, su presencia sigue siendo un bálsamo necesario, un recordatorio de que la fe no es solo un dogma, sino un acto de amor cotidiano.
Francisco sigue aquí, y mientras su voz continúe resonando en los corazones de la humanidad, su legado permanecerá intacto, sembrando semillas de consuelo, en un mundo de creyentes y no creyentes que tanto necesita de la presencia suprema.
Sentir a Francisco más próximo a cada ser no es otra cosa que la prueba palpable de la cercanía de Dios, una señal divina que se hace presente en un instante de angustia y confusión, donde la Iglesia atraviesa una crisis mayúscula y el mundo parece sumido en la incredulidad.
Sin embargo, cuanto mayor es la tribulación, más se siente la presencia de Dios, y más en estos momentos de incertidumbre donde su amor se manifiesta con más entereza, enviándonos señales a través de aquellos que, como Francisco, se han convertido en puentes vivos de su evangelio y su mensaje.