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¿Era, o nu era?

Mar 31, 2025

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La vida es un viaje lleno de retos, aprendizajes, sueños y propósitos, y cada paso que damos nos acerca a nuestra mejor versión, pero el camino puede ser más ligero o más pesado según la persona que elijamos para caminar a nuestro lado.

Por lo tanto, escoger bien a nuestra pareja no es solo un acto de amor, sino también de sabiduría, porque junto a la persona correcta, no hay obstáculo que no podamos superar ni meta que quede fuera de nuestro alcance.

Una pareja no es simplemente el ser con quien compartir momentos, sino alguien que impulsa nuestros sueños, nos anima en los días grises y celebra con nosotros cada victoria y más si el logro se obtiene en equipo.

Es la persona que no solo entiende nuestra esencia, sino que la respeta y la potencia, porque la compañía correcta no compite con nuestros anhelos, sino que los convierte en parte de su propia misión y de su propósito de vida.

El amor verdadero no encadena ni limita, sino que fortalece y libera, es un motor que nos impulsa a crecer, a mejorar, a combatir por lo que soñamos y a convertirnos en seres de luz, enfocados en lo que realmente queremos y por eso una pareja adecuada no solo camina junto a nosotros, sino que nos ayuda a despejar y a cristalizar los empeños de grandeza, porque de manera inteligente sabe que, si vuela uno, vuelan dos y de manera lógica toda la descendencia.

Elegir con el corazón, pero también con la razón, es fundamental porque no se trata solo de la emoción del momento, sino de la certeza de un futuro compartido, donde ambos trabajen juntos para construir un apego que resista al tiempo, a los desafíos, a las tentaciones y las pruebas de la vida, es decir que no aprisione, que no amarre y que no chantajee con la relación íntima, por muy satisfactorios que sean los episodios íntimos sexuales.

En el caso de los hombres, por ejemplo, llega el lamento y la reflexión popular que reza: «esa nu era».  No era la que apoyaba tus fantasías, sino la que las minimizaba. No era la que caminaba contigo, sino la que te hacía retroceder. No era la consorte de batalla, sino la que te escondía las armas. No era la que ponía moderación a tus gastos, sino la que te hacía caer en deudas impagables. No era la que respetaba tus sentimientos, sino la que interponía sus caprichos por encima de la coherencia de la relación.

Y cuando no lo es… tarde o temprano caemos en la cuenta, y entonces llega el inevitable suspiro, el golpe en la frente y la gran verdad: «Esa no era», y lo mismo ocurre en el caso de las mujeres que, por lo general, se pasan la vida esperando que llegue su príncipe azul y por la ansiedad o porque el tren está pasando por la tardía estación de la existencia, terminan en brazos del que “tampoco era”

Uno de los factores esenciales es la distribución equitativa de responsabilidades como el aseo personal y el del hogar, la preparación de los alimentos, el manejo de las finanzas y la administración de los gastos, tareas que requieren una gestión compartida y equilibrada.

Una pareja que dialoga y acuerda cómo dividir estas labores de manera justa tiende a construir una relación más armónica y duradera y, asimismo, la solidaridad ante los desafíos es un pilar que no debe subestimarse.

La vida en pareja no está exenta de momentos difíciles como aquellos cambios laborales, enfermedades, fallecimiento de cercanos, crisis económicas o incluso la llegada de hijos no planeados son situaciones que ponen a prueba el compromiso mutuo por lo que apoyarse, tomar decisiones en conjunto y no perder de vista el bienestar común fortalece el vínculo y evita trances innecesarios.

Ahora bien, más allá de la convivencia, la confianza y la transparencia juegan un papel decisivo en la solidez de la sociedad, toda vez que en una pareja no puede haber espacios de sospecha, secretos o reservas que generen incertidumbre. La intimidad individual, cuando se convierte en ocultamiento, se cristianiza en la raíz de muchos conflictos y, en algunos casos, la causa del deterioro definitivo del vínculo.

En esta era digital, por ejemplo, el teléfono celular, el acceso a internet y las redes sociales han pasado a ser una extensión de la privacidad personal; no obstante, cuando una relación está basada en la confianza mutua, estos elementos no deben convertirse en cofres cerrados con claves inexpugnables ni en zonas prohibidas para el otro por cuanto la transparencia no significa la invasión de la privacidad, sino la disposición natural a compartir, sin temor ni reservas.

El amor maduro no se basa en la vigilancia ni en la necesidad de supervisión constante, sino en la certeza de que no hay nada que ocultar como números desconocidos, mensajes a escondidas, coqueteos recónditos o interacciones sospechosas en redes sociales que a la postre se convierten en grietas que, poco a poco, debilitan la relación hasta fraccionarla.  

Por ello, más allá de la emoción inicial y las promesas románticas, una relación estable se construye con respeto, comunicación, compromiso y una transparencia que evite malentendidos y celos innecesarios. 

Comprender que el amor no solo es una emoción, sino también una decisión que implica esfuerzo y dedicación, es lo que realmente marca la diferencia entre una historia duradera que entregue verdaderas posibilidades de proyección a la dupla y su núcleo y una débil ligadura efímera de corto aguante. 

De ahí radica entonces la importancia de aplicar la malicia indígena a la que refieren los mayores y seguir el instinto para poder elegir a la pareja correcta, porque cuando dos almas alineadas en propósito y amor se encuentran, no hay límites, no hay imposibles, no hay fuerza que pueda detenerlas.

Así entonces no tendremos que decir “Esa nu era”

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