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«Hay que bajarle al tono»
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Mi expresión de hoy sugiere que se debe reducir la intensidad y la agresividad que tiene envuelto al mundo en la más aguda crisis de intimidación y descontrol.
Implica hablar de manera más calmada, respetuosa y moderada para evitar conflictos o malentendidos, a fin de promover una comunicación efectiva y pacífica.
Es cierto que el tono alevoso y la manera en que nos comunicamos, especialmente en las redes sociales, tienen un gran impacto en la sociedad, por eso cuando la conversación en línea se vuelve insostenible y llena de rencor, desata un ambiente de tensión y conflicto que lleva a la intimidación.
Lo ocurrido con el atentado al candidato presidencial de los Estados Unidos es muestra clara de la polarización desmesurada y absurda que vive el mundo actual, donde la animadversión y la embestida se han convertido en el pan de cada día y en la manera más absurda de solucionar los conflictos, acciones que conllevan reacciones dementes por parte de los jóvenes convertidos en embriones de tirria y terror.
Lo mismo ocurre en otros países como el nuestro, donde el aborrecimiento es la rutina diaria que encuentran los ciudadanos para debatir posturas y controvertir lo que a criterio de unos está bien, y de otros, es abominable.
Es apremiante promover la empatía, el respeto y la comprensión en nuestras interacciones en lugar de atacar o desacreditar a otros, enfocarnos en discutir ideas y argumentos de manera considerada para dejar un legado de paz y concordia a los niños que, sin lugar a dudas, copian modelos del entorno y hacen suyas las acciones que aprenden de sus mayores.
El no estar de acuerdo con ideologías ajenas, no nos hace enemigos de nadie, y menos de aquellos con quienes hemos compartido gran parte de nuestras experiencias o de aquellos a quienes hemos admirado por sus dones y talentos y ahora son los más penetrantes verdugos que intimidan, agreden y maltratan a quienes no estén de acuerdo con sus doctrinas.
Los acaloramientos, y esa bendita manera de censurar todo, como si habláramos desde un cuadrilátero, viene fraccionando la humanidad de tal manera que ya no se puede emitir una opinión o hacer una publicación en las plataformas, so pena de convertirnos en blanco de ataques y adjetivos de grueso calibre donde se pisotea la dignidad humana y se diezma la oportunidad que teníamos en otrora para exponer ideas y discutir con altura los conceptos individuales.
Ahora bien, en el aspecto político, las tensiones traspasaron, hace rato, la delgada línea del irrespeto y ha brotado una especie de fanatismo descontrolado que cegó la vista de aquellos a quienes siempre respetábamos por su sensatez y cordura y ahora son activistas del rencor y la antipatía.
El respaldar o rechazar a X o Y caudillo, partido o colectivo, se ha convertido en estratagema peligrosa de lenguaje pendenciero que, en ocasiones, remata en la agresión física y hasta en la muerte.
La violencia es hoy el común denominador y su poder destructivo se manifiesta en las calles, en los sitios públicos y en las redes digitales que arden cada día más y se atiborran de comentarios intimidantes, protagonizados por quienes deberían utilizar otros escenarios para el debate de sus posturas ideológicas de gobernanza y no agazapados tras una pantalla, una bodega o un aparato móvil donde se puede hacer, ver y decir de todo sin pudor.
Lo que no contiene agresión, inquina, desacreditación y hostigamiento, es considerado, ahora, por parte de los incendiarios, como “contenidos rosa” y son sometidos a la burla de quienes creen que la única manera de hacerse visible y poderoso es aquella que genera miedo y un supuesto “respeto” ganado a fuerza del soborno, la amenaza y la desacreditación.
Para comprobar la realidad del agónico instante de las redes sociales, basta con analizar la reacción de los supuestos “seguidores” cuando se colocan contenidos agresivos, de discordia, ataques, rifirrafes o fotografías tomadas por adolescentes semidesnudas ante el espejo, esas tienen vistas y comentarios en cifras abrumadoras.
Y si, por el contrario, se coloca información de alto nivel, escritos, reflexiones, registros de conciertos, recitales, tertulias de crecimiento personal, las reacciones son mínimas porque, a criterio de los fustigadores, esas no generan morbo, patraña ni aquel fisgoneo enfermizo.
Qué equivocados están estos promotores de la polarización que se han hecho palmarios a través de la difamación, la calumnia y la propagación incontrolada de enfrentamientos e irrupciones irreflexivas, que lo único que han generado es la división de una sociedad enferma que ya no le teme a nada y se siente empoderada cuando tiene el gatillo listo para fulminar a quien piensa diferente.
Urge activar el elevador que nos lleve a otro nivel para salir del hueco oscuro donde no hay más que desasosiego y tinieblas y bajarle al «tonillo» para evitar más anarquía y zozobra.
Intentemos entender las perspectivas y experiencias de los demás, incluso si no estamos de acuerdo con ellas, sin la utilización de palabras agresivas o insultantes que sólo acrecientan la hostilidad, para lo cual se requiere aplicar el triángulo sagrado de consenso, respeto e independencia.
Antes de responder, escuchemos y tratemos de concebir la perspectiva de la otra persona, evitando los insultos, sarcasmos y cualquier forma de lenguaje que pueda ser percibido como provocador o despectivo.
Argumentemos basados en hechos verificables, en lugar de darle rienda suelta a emociones impulsivas, animosidades, revanchas y a toda acción de efectos alevosos que soslayan el diálogo y refunden el entendimiento.
Promovamos discusiones basadas en el respeto mutuo y la voluntad de encontrar puntos en común que consiga enderezar la balanza entre nuestras opiniones y las del otro, y antes de emitir cualquier concepto, despojémonos del “como voy yo” para que sea la cabeza y no las vísceras las que hablen en reemplazo de la razón.
A veces, el texto escrito puede parecer más duro de lo que pretendemos decir, y por eso es urgente revisar los mensajes antes de darle clic, para asegurarnos que no se lean de manera agresiva o se entregue un recado errado, contrario a lo que realmente se quiere expresar.
Siempre será mejor una llamada que un mensaje de texto, una reunión personal que un mandato de voz por el móvil, un diálogo directo y frentero, que una sentencia de guerra resumida en la cuenta de Y, y en fin… siempre será más oportuno mirarnos a los ojos como se hacía antes, y no a través de un aparato manipulador que en ocasiones traiciona, altera y descontextualiza.
En la lógica que cada quien les da una interpretación diferente a nuestras palabras, debemos entonces comprender que lo que para unos es un lenguaje común y directo, para otros es un ataque o una agresión, razón por la que, con el auge de las redes sociales, la vida se ha vuelto discrepante, angustiosa y temeraria.
Debemospromover la educación sobre la importancia de la tolerancia y el acato en la comunicación para empoderar a la niñez de hábitos que les propicie un futuro menos angustioso y turbulento que éste que les estamos heredando de manera inadmisible.
Seguiré insistiendo en la apremiante necesidad de cambiar el «chip» para acercarnos de manera presurosa a buenos y enriquecedores contenidos, a la buena música con conceptos estéticos donde hallemos sosiego para el espíritu y crecimiento al intelecto, a los libros donde está oculta la riqueza del conocimiento, a los medios que exaltan el pensamiento y contribuyen al análisis serio y juicioso, y en general a todo lo que construya, aporte y nos permita crecer, así para los vehementes parezca vano, cursi y aburrido.
Pasemos del “fortísimo al pianísimo” y bajémosles el tono a esos decibeles desmandados que solo generan ruidosas reacciones, generadoras de cultivos improcedentes, donde surge la mala hierba en medio del terrorismo, la intimidación, la criminalidad y la guerra total.
En lo personal prefiero la burla de algunos agitadores por los “contenidos rosa”, y no la culpa y el castigo por maltratos, desprestigios, encubiertas y agresiones.