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La irreverencia del celular en eventos y reuniones
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El malestar que generan las personas que no se desprenden nunca del celular es cada día más evidente.
En eventos culturales, conferencias o reuniones de gran relevancia, es común ver a hombres y mujeres ocupando las primeras filas o en mesas de preferencia, absortos en la pantalla de su dispositivo mientras expositores, conferencistas o artistas comparten su conocimiento y talento, actitud que refleja una total indiferencia ante las intervenciones de los ponentes y el desarrollo del evento al que, por desgracia, decidieron asistir.
Este fenómeno se hace aún más evidente en círculos importantes, donde la atención colectiva debería estar centrada en los temas tratados; sin embargo, la escena se repite todos los días y hace parte del paisaje ver a los asistentes con la vista fija en sus pantallas, ignorando a los oradores y diluyendo el propósito central del encuentro.
En estos casos, el uso excesivo del celular no solo es una falta de respeto, sino que también afecta la dinámica y el impacto de las jornadas, restando valor a los esfuerzos de quienes han preparado con esmero sus intervenciones por cuanto, el apego al dispositivo móvil en espacios que requieren interacción y concentración genera un sentimiento de frustración en quienes sí están comprometidos con el programa.
¿Estamos perdiendo la capacidad de escuchar y de conectarnos con lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿La dependencia del celular parece haber alterado las normas básicas de convivencia y atención, desplazando la comunicación directa y el interés genuino por el conocimiento y el diálogo?
Si bien la tecnología es una herramienta valiosa, su uso inadecuado en situaciones que exigen presencia y respeto se convierte en una barrera para la verdadera interacción humana porque recuperar el hábito de prestar atención, escuchar activamente y valorar el momento presente es esencial para que los espacios de aprendizaje y debate no se conviertan en simples escenarios donde cada persona está atrapada y aislada en su propio universo digital.
Por otro lado, el uso constante de teléfonos móviles ha incrementado notablemente los accidentes entre peatones distraídos y un estudio publicado en el British Medical Journal, indica que, en países desarrollados, el 20% de los atropellos son causados por despistes de peatones, y en el 98% de esos casos, los peatones estaban utilizando sus aparatos celulares sin percatarse de lo que sucede a su alrededor.
La tendencia a firmar documentos o adquirir compromisos de manera apresurada debido a distracciones con el celular, lleva a errores lamentables y cada día crece más la cifra de personas que cometen estos deslices por estar distraídas con memes y otras «babosadas» en línea, porque es evidente que la falta de atención plena al momento de revisar y firmar documentos resulta en compromisos no deseados o malentendidos legales.
La ausencia de normativas específicas deja a los organizadores de foros, conciertos y espacios de reflexión, en una posición incómoda y aunque algunos eventos han implementado políticas de «no celular» o han optado por utilizar bolsas de seguridad para resguardar los dispositivos durante la duración del acontecimiento, la falta de una regulación formal hace que estas medidas dependan únicamente del criterio de cada organización.
Quizás ha llegado el momento de replantearnos el impacto de esta «adicción digital» en los espacios de interacción real, porque más que una simple molestia, el uso excesivo del celular en momentos que requieren atención y respeto está erosionando la calidad de nuestras experiencias compartidas.
La pregunta es: ¿Es posible establecer un equilibrio entre la conectividad y la verdadera presencia?
Mientras no haya una norma clara que limite el uso de dispositivos en ciertos entornos, parece que tendremos que seguir soportando la irreverencia y la falta de compromiso de quienes acuden a eventos solo para distraerse con sus pantallas y viven toteados de la riza en tanto que una interesante disertación o exposición artística se pasea ante su antipática e irreverente presencia.
